noticia Ordenanzas municipales No hay oficio que no sacrifique a nuestro cuerpo, no lo hay. El secretario, su columna vertebral ocho horas sentado en la oficina; el electricista, sus manos. Sherlock Holmes sabía identificar el oficio de cualquier persona por su cuerpo o por sus ropas. Absolutamente todos vendemos nuestro cuerpo a nuestro trabajo, por dinero las más de las veces y otras, no tantas, por placer. Es nuestro cuerpo, nuestra imagen y, por ende, nuestro honor lo que comprometemos en el oficio. Las prostitutas hacen lo mismo. La diferencia está en que a ellas el trabajo no las dignifica, sino que las estigmatiza. Su imagen y su cuerpo deben anunciarse sin ambigüedades. Las prostitutas no pueden vestir sino como visten. En la calle, es la única estrategia de marketing posible: uniformarse con el estigma de la prostituta, tal y como el banquero se estigmatiza con el de banquero. ver contenido en ELPAÍS.com |
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